Radiografía de la insensatez pública.

Nadie debería extrañarse. Hace tiempo que el Sistema tierranoblense se ha ido cargando de infraestructuras inservibles, proyectos insostenibles y gastos demenciales. El aeropuerto de Huesca, el aeródromo de Caudé o Motorland son paradigmas perfectos de esta patología política y social.

Lo de Monflorite (Huesca) fue un capricho del senador del PP Rodolfo Aínsa, secundado por su amigo, el ministro Álvarez Cascos. Luego, cuando el ministerio de Fomento pasó a manos socialistas, Morlán remató la jugada. Aquello no tuvo nunca pies ni cabeza (¡pero si incluso el aeropuerto de Zaragoza es deficitario!), mas como el dinero (cincuenta millones) venía de Madrid… Así que cuando la cosa estuvo a punto de caramelo fue necesario hacer algo para tapar el fiasco objetivo. El Pignatelli montó Pyrenair y la subvencionó mediante contratos publicitarios con el departamento de Industria y Turismo y ayudas al transporte por tierra de sus pasajeros hasta las lejanas pistas de esquí. Cerca de tres millones acabaron yéndose por la gatera. Eso sí, los viajes eran reportajeados por Aragón TV con enorme entusiasmo.

Con dinero (del común), chufletes. Aramón (ya saben, el Gobierno aragonés a medias con Ibercaja) aún apadrina un avión de Londres a Monflorite. Cada uno de sus escasísimos pasajeros nos llega a costar no ya decenas sino ¡miles! de euros. La misma técnica se utiliza para dar contenido a Motorland. En sus premiados circuitos se invirtieron ciento y pico millones de euros (ésos procedentes de nuestra hacienda autónoma), y ahora, además del mantenimiento, hay que pagar las pruebas deportivas (el superfardón Gran Premio de Motociclismo no nos salió por menos de quince millones).

El cachondeo se tapa engatusando a los crédulos y ganando el apoyo de las organizaciones sociales (por ejemplo, Cámaras y patronales). Todo ello adobado con mentiras, contrainformación y victimismo local. Se inventan retornos inexistentes, se difunden cifras falsas (los viajeros de Pyrenair eran contados dos veces, primero a la ida y luego a la vuelta), se vende humo.

En fin, peor están en Valencia. Y en Italia, ¡ni les cuento!

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