Panticosa

El caso es que cuando el grupo Nozar compró la práctica totalidad del balneario de Panticosa me alegré pensando que al menos ese rincón del Pirineo aragonés preservaría la soberbia hermosura de su paisaje y el elegante glamour de sus hoteles y edificios. Nozaleda, con su aura de empresario-milagro (de ésos que aterrizan forrados de pasta procedentes de un El Dorado lejano), quería recuperar para el mágico enclave un lugar preferente en la oferta hostelera de alta calidad. Lo explicó a varios periodistas en un almuerzo celebrado hará unos diez años y nos dejó bastante convencidos. Pero existe una especie de maldición por la cual Aragón se ve condenado a ir dejando atrás (sin culminarlos nunca) buena parte de sus más ambiciosos proyectos (públicos o privados). Y hablo de proyectos que parecían de verdad, no engañabobos flagrantes o aventuras inauditas por las orillas del pelotazo. Panticosa ha sido uno más de los intentos fallidos. Primero la rehabilitación integral del balneario quedó vinculada a intervenciones de diseño actual a cargo de un famoso arquitecto que le puso al señorial conjunto un confuso estrambote postmoderno. Luego empezaron los derribos. La decadente belleza del lugar y el eco de sus fastos pasados dieron paso a las escombreras, las grúas y las máquinas de todo tipo. Ahora aquello ha quedado hecho una mierda. Y como el grupo Nozar está en horas bajas, aquejado de imprudencia inversora y ajuste inmobiliario, las obras han quedado prácticamente detenidas. Claro que la gente (salvo los montañeros que suben y comprueban con horror lo que allí está pasando desde hace años) ni se entera de lo que hay. Desde hace años, la carretera al balneario permanece cerrada al tráfico y el personal pasa de largo, fascinado sin duda por las abundantes chapuzas urbanísticas y arquitectónicas que salpican el valle de Tena. Las autoridades, por supuesto, ni se inmutan. Tienen asuntos más candentes de que ocuparse. Y no me estoy refiriendo precisamente a la protección de nuestro zarandeado Pirineo.

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