Paisaje de invierno

PAISAJE DE INVIERNO.
por Eduardo Martínez de Pisón.

“En la pradera donde había disfrutado de niña, saltando por los neveros y escuchando asombrada el eco de su voz, pululaban quizá hasta 10.000 hombres aplastando la hierba y profanando el grave silencio del lugar… hasta la configuración del paisaje aparecía singularmente desprovista de sus antiguos reflejos”. Jack London.

Es tiempo de lecturas. Algunas me parece necesario compartirlas. Elijo primero un profundo libro de María Zambrano, titulado Claros del bosque. En uno de los muchos puntos lúcidos que desperdiga por sus páginas, escribe la autora: “Aunque no preste atención el hombre al incesante sonar de su corazón, va por él sostenido en alto, a un cierto nivel. Le bastaría quedarse sin este latir sonoro para hundirse en una mayor oscuridad, para sentirse más extraño, más sin albergue, como privado de una cierta dimensión, o de una llamada que por sí misma crea la posibilidad de su existencia”.

Pienso que es esto exactamente lo que nos está moviendo ahora a defender unos paisajes del Pirineo: es el sonar de nuestro corazón lo que nos obliga a ello. Si no le hacemos caso en esto o en otro asunto que nos importe estaremos traicionando las claves de nuestra vida.

Otro autor que no eludía afrontar su conciencia ni las exigencias que brotan del ánimo, Miguel de Unamuno, concretaba más ese latir en el sentido hondo de la montaña: “No se envanezca, señor, de vivir al pie de la más alta montaña o al borde del más caudaloso río del mundo, que si usted no lleva una montaña de pensamientos en la cabeza o un río de sentimientos en el corazón, de poco habrá de servirle”.

Hechas estas claras confesiones del trasfondo personal que nos mueve en este debate, imparables exigencias del alma o consecuencias de poner en ejercicio los sentimientos, añadamos que además hay razones objetivas para que nos lata el corazón de este modo, unos daños concretos, y que hay datos precisos sobre los valores que aquí y ahora van a perderse.

Para ir entrando más en nuestro modo de percibir esta cuestión, tomo aún otro libro, uno reciente de alpinismo, La libertad de las cimas. En él se habla directamente de “responsa­bilidades” en la práctica de los deportes de montaña en su lógico contacto con los medios naturales, ya que el conocimiento de las destrezas deportivas no es un salvoconducto para atropellar los paisajes, sino que debe integrar una actitud civilizada, incluso como si esa capacidad le otorgara al montañero un título de “visitante distinguido” o de “huésped honorable” del lugar. Y ello “le obligara”, como antaño se decía de la nobleza, explícitamente a una ética de particular respeto a la roca, a las plantas, las aguas, la fauna y los escenarios naturales y rurales en los que desarrolla su actividad. Por lo tanto, el verdadero montañismo de hoy se debería caracterizar por su exigencia de mínimo impacto. El crecimiento del «sentimiento responsable» sería así el índice real del progreso, del avance.

De los libros del montañero Sonnier, de hace varios años, se desprendía ya entonces, sin embargo, una conciencia de paso de una percepción poética de la montaña, tradicional en el viejo alpinismo, a un planteamiento cada vez más únicamente deportivo, competitivo y turístico. Pero el mayor peligro en aquel cambio estribaba en que ese talante podía ser indiferente a lo que llamaba «la herencia amenazada», proceso emprendido por otros juegos y usos que requieren el marco de la montaña sin que ésta sea ni su objeto esencial ni su fundamento cualitativo.

Esos usos dan lugar a unas relaciones funcionales, como canchas recreativas o financieras, pero claramente desprovistas de ese sentimiento que era una de las condiciones clave del alpinismo. Para la puesta en práctica de tales usos, para estos aprovechamientos se han de implantar además infraestructuras. Esos usos requieren, por tanto, tales equipamientos y rentabilidades que acaban deshonrando en numerosos sitios y en extensión los paisajes auténticos de las montañas.

Pero el montañismo no debería presentarse, por lealtad a sus mejores tradiciones, sólo como un deportivismo turístico desnudo de connotaciones culturales. No debería dejarse arrastar hacia estas otras concepciones menores y desfiguradoras de la montaña. Esas connotaciones culturales no sólo le son propias, no sólo son compatibles con su ejercicio, sino que son hasta procedentes de la práctica profesional del alpinismo, a través del oficio de los guías.

Pero si se deja arrastrar por esas otras corrientes de contenido hueco pero de imagen poderosa que están asaltando las montañas, se enajena de buena parte de su mismo sentido, se despoja de sus mejores significados. Ello puede conducir incluso hacia la insensibilidad al estado del medio en el que se practica la actividad montañera. Esos contagios son visibles en determinadas concepciones empresariales del montañismo, de las que acaba por resultar el equipamiento excesivo de la alta montaña, como una parte complementaria de la transformación urbanística y turística de los valles, con el deterioro no sólo de los entornos de altitud, sino de la misma calidad de la actividad realmente alpinista, que pierde su mejor temple, su soledad, la perfección de su encuentro con el paisaje, y hasta su propia percepción de la montaña.

Como todos sabemos, en tal experiencia no importa sólo cómo sea el espectáculo de las montañas sino quiénes sean sus espectadores, pero está claro que sin las calidades de aquéllas no podrá haber nada ni para buenos ni para malos espectadores. Y, además, la cuestión es que ahora las dos cosas van juntas. La consecuencia es que la montaña intocada se va acantonando. Lo que habría que acantonar, en cambio, es la montaña deteriorada.

Finalmente, hago aquí un nuevo llamamiento a los alpinistas de Aragón, a los naturalistas, los clubs e integrantes de las asociaciones de montaña, a los periodistas, escritores, artistas, a los profesores aragoneses, para que se sumen a nuestras razonables peticiones de defensa de unos concretos lugares amenazados en el Pirineo aragonés y que, sin su voz, quedarán mudos. Y, mudos, es evidente que los paisajes no consiguirán por sí mismos defender sus calidades. Ni éstos ni los que los seguirán en cadena, como todos sabemos, cada vez más altos, cada vez más dentro, inmediatamente después. Es aquí donde hay que parar el avance de la sombra.

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