Verde billete de banco

VERDE BILLETE DE BANCO

Las agresiones al medio ambiente y la sobreexplotación de los recursos naturales tiene una causa principal y difícil de combatir: la codicia y el afán social de seguir consumiendo pase lo que pase

JOSE LUIS Trasobares 07/06/2004

Este sábado se celebró (es un decir) el Día Mundial del Medio Ambiente. Ya saben ustedes lo que son estas jornadas: una ocasión para que aliviemos la conciencia y consumamos publicidad en pro de una causa que todos los días del año suele ser pisoteada a modo por los que mandan… y a menudo también por los que obedecen. De hecho, a lo largo de la semana pasada cualquier observador avisado hubiera captado en los medios informativos un sinnúmero de noticias horripilantes sobre lo que le estamos haciendo al planeta.

Les recito de memoria algunas de estas malas nuevas: El cambio climático sigue bollante y durante los próximos años se prevén nuevos incrementos de las temperaturas medias. Las zonas de baño en los ríos y lagos españoles han disminuido drásticamente por la contaminación de las aguas dulces, pero el anterior Gobierno falseó los datos que enviaba a la UE para disimular tal situación (ese mismo Gobierno colocó a nuestro país en el selecto grupo de estados que incumplen el protocolo de Kyoto sobre emisiones causantes del efecto invernadero ). Los mares han sido convertidos en gigantescos basureros y la sobreexplotación pesquera ha alcanzado niveles de delirio. El ritmo de deforestación y de extinción de especies resulta abrumador… Todo esto se ha podido leer en los diarios u oír en los audiovisuales.

Otros datos relevantes sobre lo que podríamos denominar actualidad ecológica ni siquiera han llegado a los medios. Por ejemplo, la cadena humana que el pasado jueves montaron ecologistas aragoneses para unir las sedes de la DGA y de Ibercaja en una protesta contra la ampliación de pistas de esquí, cuyas obras provocan ahora mismo intervenciones muy duras en zonas particularmente sensibles del Pirineo.

EN LO QUE al Pirineo aragonés se refiere apenas ha habido espacio para el debate público (DGA e Ibercaja van de la mano en Aramón y cuentan con el apoyo entusiasmado de los ayuntamientos pirenaicos); pero en otros casos donde si ha sido posible o inevitable abrir ese debate, el peso de los argumentos viciados se hace insufrible. Es lo que pasa con el tema hidrológico. Hemos tenido que escuchar una y mil veces esas desdichadas admoniciones sobre el agua de los ríos que se pierde en el mar . Dirigentes políticos supuestamente razonables nos han advertido contra aquellos que pretenden hacer del agua un simple elemento del paisaje . Y en este desbocado concurso de barbaridades se ha llegado al punto de que el presidente de Valencia se está planteando modificar el Estatuto de su comunidad para que en él se recoja su derecho a disponer de agua (se supone que a bajo coste, en cantidades ilimitadas y sin hacer más esfuerzo que abrir el grifo).

ESPAÑA, QUE es un país con unos recursos naturales relativamente abundantes todavía está siendo objeto de una presión (industrial, agrícola y urbanística) que en poco tiempo puede causar daños irreparables. Y en estos momentos no se vislumbra la forma de detener semejante locura. Este mismo jueves, el director del programa de la 2 de TVE El escarabajo verde se preguntaba inquieto (acababa de pasar un escalofriante reportaje sobre la bahía de Portmán en la costa murciana) cómo es posible que las personas no asumamos los problemas medioambientales hasta los que tenemos encima y son irresolubles). Era naturalmente un interrogante retórico, porque todos sabemos cuál es la causa de esas situaciones que ahora se han generalizado: la codicia. Frente al verde característico de los billetes de banco, el verde de la naturaleza no tiene nada que hacer. Los intereses económicos se lo llevan todo por delante. Y dichos intereses afectan en cascada a amplios sectores de la sociedad: la gente quiere esquiar, quiere una segunda residencia en el mar o la montaña, quiere ir y venir con su automóvil, quiere ganarse la vida pescando o trabajando en industrias pesadas altamente contaminantes… Los habitantes de zonas con encantos naturales también quieren vender sus campos a precio de oro o beneficiarse del desarrollo de su territorio. Por supuesto que los grandes beneficios siempre se los llevan los que manejan el cotarro (que no suelen ser precisamente gente de la montaña y de la costa); pero… Las propias instituciones (véase el caso aragonés) invierten en actividades insostenibles, eluden legislar a favor de la protección medioambiental y asumen de cabo a rabo los criterios favorables a explotar los recursos naturales hasta la extenuación.

Lamentablemente, así está el patio. Defender el medio ambiente sigue siendo una tarea dura.

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