La montaña, entre el uso y el abuso

En el occidente de la meseta del Duero los viejos agricultores
distinguían entre «arar» y «aricar». Al arar se abría el surco para la
siembra y más tarde, al aricar, se repasaba el arado aireando el suelo
para facilitar la germinación del campo. En cuántas cosas aramos y
aricamos. Pasamos una y otra vez arados, ideas, palabras para que
grane la simiente en la tierra áspera o la escritura en yermos
espirituales aún más desapacibles. Por ejemplo, cuando volvemos a
coger la pluma para retomar el argumento de la necesidad de una
decidida política de protección de la montaña estamos, pues,
«aricando», repitiendo esfuerzos, rehaciendo surcos. Pero lo hacemos
con ánimo porque sabemos que no sólo es necesario insistir, sino que
es urgente actuar.

Milenios de naturaleza y siglos de historia se acumularon en el
paisaje de las montañas caracterizándolas con calidades y armonía. Es
el refugio de valores geográficos mayores. Por ello la montaña no es
sólo un recurso más sino un patrimonio muy especial, escaso, reducido
a sí mismo. Allí está lo que tantas veces ya no puede sobrevivir fuera
de ellas: grandeza, agua limpia, bosques, fauna libre, pueblos
arraigados, personalidad territorial. No es evidentemente un área
periurbana o un polígono industrial, no es siquiera un medio neutro.

Sin embargo, no sólo recibe con creciente frecuencia un trato como si
lo fuera, sino que esos espacios hiperfuncionales y duros de origen
urbano parecen sugerir un modelo que debería ser imitado. He oído
quejarse a un alcalde de un pueblo de la Sierra de Guadarrama porque
quisiera convertir a su bucólico pueblo en otro Getafe y no encontraba
los medios. Si, en este proceso, algo valioso cae será entendido como
el necesario precio del progreso. Este desplazamiento de valores es
evidente que se lleva por delante las calidades reales de la montaña.
Es lo que está pasando. Aquí casi nadie ama el paisaje. Y, si su venta
produce beneficios, aún menos.

¿Es verdadero o falso el dilema entre conservación y desarrollo? ¿No
estará el problema más en el abuso de los recursos ambientales que en
su uso? Y el abuso ¿no empezará antes cuando el medio es
particularmente valioso? Hay que equilibrar y hay que ponderar qué
lugares valen y qué usos y qué conservación son más idóneos para
aplicar en ellos. Cada caso requiere una atención y un respeto.
Abalanzarse sobre el paisaje como la fiera sobre su presa no es, pues,
lo más recomendable.

Por ejemplo: es obvio que más de uno piensa que toda la montaña es
esquiable. Pero tal presupuesto ¿no debería pasar por el filtro de la
valoración de los lugares? Hay un concepto de economía adaptada que
pondera tal valoración previa antes de entrar «desaptadamente» en
determinados sitios o de proponer la inmersión generalizada de la
montaña en una red funcional indiscriminada. El procedimiento de tal
economía se basa en el reconocimiento y consolidación de lo existente
como un valor. La pérdida de identidad rural conduce, en cambio, a un
extendido desprecio de lo existente y a su sustitución por modelos
ajenos agresivos. Las mermas, entonces, son dolorosas. Hay que hacer
un balance cualitativo, un balance de valores, no de precios, entre lo
que se gana y lo que se pierde, lo que se levanta y lo que se
destruye, entre lo que es recuperable y lo irrecuperable. Aun así, en
esas condiciones, está claro que el desarrollo es perfectamente viable
por centenares de métodos distintos a la especulación inmobiliaria,
que no requieren ser destructivos. Esta es la alternativa, porque el
aparente axioma de que, para progresar, es indispensable destruir (y
construir…) no es sino una excusa para intentar justificar la falta de
cuidado propia de ciertos rentabilismos de práctica muy extendida.
Claro que, en cualquier caso, es preciso tener voluntad para buscar
las compatibilidades mutuas entre usos y preservación y establecerlas
con rigor ¿Se hace así? Parece que no es habitual.

Lo habitual es la práctica del dinero fácil. Pero el paisaje es
territorio más cultura. La política territorial de tipo local es la
del dinero, pocas veces la de la cultura o, en todo caso, ésta es
entendida poco más allá de la degustación de productos autóctonos y
los coros y danzas de siempre. Se han abierto así dos trincheras: la
de la cultura y la del dinero sin que nadie sensato quiera encontrar
sus posibles puntos de acuerdo, que serían la correcta línea de
actuación y el camino civilizado del progreso. Hace un tiempo me
escribía una persona habitante de un pueblo de montaña amenazado por
urbanizadoras: «Pero, en realidad, ¿qué es progreso? Progreso es
contemplar las montañas sin que se hayan perdido sus calidades,
progreso es tener respeto por la naturaleza».

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