La ley de la montaña

Si recorremos Canal Roya hasta el final, nos encontramos, enmarcado por los paredones glaciares, un túmulo sagrado de los primeros habitantes de esta tierra, un pueblo ganadero del que desciende el actual Aragón. Precisamente en la entrada de Canal Roya habremos pasado cerca del nacimiento del río Aragón, que da nombre a todo este territorio.

Situados junto al lugar sagrado de nuestros antepasados, si alzamos la vista a nuestra derecha veremos la mole del Anayet, testigo de los volcanes que originaron esta cordillera. Si alzamos la vista a nuestra izquierda, veremos la sombra de una pilona clavada en el collado de Espelunciecha, anuncio de la inminente estación de Aramón-Formigal.

Este enc-lave y estos elementos ejemplifican como ningún otro la situación que viven nuestras montañas. Nuestras raíces, la cultura y la herencia de nuestros ancestros, las huellas de lo que somos, elevadas a la máxima potencia… y frente a ellas la silueta impune de una pilona de hierro y hormigón- que amenaza con continuar devorando el paisaje como una serpiente hambrienta con estómago de urbanización.

Y es que en estos momentos, por sorprendente que pueda parecer, este lugar sigue estando desprotegido. Las promesas de su protección, una tras otra, han ido cayendo como las hojas en otoño. Y el que el hierro y el hormigón avancen sobre las cimas y los ibones –Castanesa, Ardonés, Espelunciecha…- sólo depende de la coyuntura urbanística del momento, del capricho del político de turno.

Las voces que han clamado por una Ley de la Montaña que ponga cordura y orden han sido muchas. Una Iniciativa Legislativa Popular –ILP- dejó en evidencia y minoría al Gobierno de Aragón frente a su pueblo. No fue suficiente. Ahora la burbuja inmobiliaria ha estallado dejando sin excusas a los defensores del ladrillo como único medio de hacer las cosas ¿tampoco será suficiente?

Hace algo más de un año se puso en marcha una Mesa de la Montaña, avalada por una promesa presidencial –una más decían unos, la definitiva decían otros-, que tuvo un devenir complejo, atormentada por algunas acciones del propio gobierno. El fruto de ese trabajo fue legado al Gobierno de Aragón, que en estos días anda reuniendo a una comisión de las Cortes para ver qué hace con ello, después de desaprovechar, incomprensiblemente, unos valiosos meses que pueden ya haber marcado la respuesta.

Y de nuevo, a la espera de la decisión que se tome por parte del Gobierno –no vale esconderse tras esta comisión de última hora- se repiten las preguntas: ¿tampoco será suficiente? ¿una promesa más, o la definitiva?

Y mientras tanto, el milenario túmulo sagrado de Canal Roya sigue esperando también la respuesta, contemplando la figura de su viejo amigo Anayet, pero sin perder de vista la sombra amenazante de la pilona de hierro y hormigón.

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