El no alpino de samivel

(Este artículo, publicado en la revista Grandes Espacios en 1999, ha sido necesario volverlo a la luz en 2004).

GOS, ESCARRA Y SAMIVEL EN DEFENSA DE LA MONTAÑA.

Por Eduardo Martínez de Pisón.

En un viaje a los Alpes me detengo en Ginebra ante el escaparate iluminado de una librería de viejo. Allí están reunidos libros usados de escritores de esta ciudad: Rousseau, Töpffer, Ramuz. Algún otro también: Senancour, Samivel. La vitrina de luz amarillenta de esta pequeña tienda aparece de pronto como una llamada profunda de la montaña. De esta ciudad surgió una buena parte de la doctrina de la reciprocidad entre el paisaje y el espíritu. Y este modesto escaparate evoca una síntesis de estos principios, de mis principios. Otro ginebrino, monsieur de Saussure, fue el incitador de las primeras ascensiones al Mont Blanc, cumbre que él mismo alcanzó en 1787 con dieciocho guías y un ayudante. En esta misma ciudad está depositado el legado de Samivel. En cada esquina de esta ciudad aparecen, para quien lo quiera ver, las raíces culturales de la montaña, aparte de los consabidos hoteles, bancos y relojes, bastante más manifiestos.

Samivel describió en uno de sus libros, Le fou d’Edenberg, las maniobras derivadas del equipamiento turístico de la montaña por las estaciones de esquí. Esta toma de posición tenía su precedente en la protesta del mismo autor en 1954 defendiendo el macizo del Mont Blanc de las instalaciones mecánicas que lo asaltaban. Pero no era un asunto nuevo. Desde mediados del siglo XIX algunos paisajes de los Alpes habían sufrido fuertes modificaciones para retener industrialmente un turismo creciente, incluso arriesgando el mantenimiento del mismo atractivo rústico o silvestre de esos lugares. Tal industria turística de la montaña tiene un rasgo común allí donde aparece: es en extremo mercantilista. Llegó incluso a proyectar en 1907 un teleférico a la cumbre del Cervino, es decir a la cima por excelencia de un imaginario patrimonio poético universal. Este proyecto fue combatido con emoción y energía por la «Liga para la conservación de la Suiza pintoresca», formada en aquellas circunstancias. A partir de ese momento hubo un punto sin retorno en la defensa de las cimas y en un nuevo modo de entender el turismo de montaña. Charles Gos escribió entonces en un periódico suizo un famoso artículo titulado “Un ascensor al Cervino”, en el que lo calificaba como un verdadero ataque a la montaña símbolo, a la misma inspiración alpina: “todo será pronto vulgar en nuestro país”, escribía haciendo un llamamiento a una concepción inteligente del turismo. “El Cervino pertenece a todos… no debemos sufrir que este patrimonio común de belleza sea concedido a algunos para hacer de él un objeto de lucro…¡que todos los amigos de la montaña se levanten para protestar!”.

No obstante, en 1934 Jean Escarra tuvo que luchar también contra un remonte mecánico a la Meije. Y algo después se volvió a resucitar el proyecto del Cervino. Y Samivel se sumó en 1954 a esta no deseada tradición. Aunque entonces el mito de las cimas vírgenes hubiera emigrado geográficamente ya hacia macizos lejanos, como él mismo escribe, lo importante para Samivel es que esa referencia pudiera persistir en el corazón de cualquier persona, porque ayuda hasta tal punto a los hombres a vivir, que un mundo sin espacios vírgenes se haría «mentalmente inhabitable». Cuando los teleféricos subían desde Chamonix y Courmayeur para unirse a través de la Vallée Blanche, con el consiguiente deterioro de la aún relativa virginidad del macizo del Mont Blanc, tuvo, pues, que escribir de nuevo en contra de quienes saben hablar a los bolsillos y han vaciado su sangre de términos como belleza, soledad y grandeza.

Perdió. Pero dejó grabado un «No» tan rotundo en la cultura alpina, que ha pasado a ser una referencia clave en la defensa de la montaña.

Al volver a casa veo desde el aire el Pirineo nevado, resplandeciente de luz. Reconozco las calidades de los paisajes, el valle del Ara, el de Tena, los amados altos macizos aragoneses. Distingo Espelunciecha y las canales de Izas y Roya, cuyas calidades de grandeza, belleza y soledad parecen ahora amenazadas por la industria del turismo de invierno y experimento dolor por este peligro. Siento concretarse, hacerse nuevamente vivo el «No» de Samivel. Cierro los ojos un momento y tengo un sueño pasajero en el que un grupo de promotores de estaciones de esquí del Pirineo viaja a Ginebra, no en busca de sus famosos centros financieros, sino de sus modestas librerías.

Pero, claro está, sólo era un sueño.

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