El ecologismo también cuenta

CUANDO la crisis económica empezó a mostrar su peor cara, se inició un retroceso en la postura que muchos grupos sociales tienen respecto a la preservación del medio natural. Argumentando que se perdían media docena de puestos de trabajo, algo inasumible en períodos de alto paro, vimos cómo se presionó fuertemente a los organismos encargados de velar por el cumplimiento de las medidas de conservación de la naturaleza para que hiciesen la vista gorda a proyectos de fuerte impacto que se habían construido por las bravas, sin las aprobaciones oportunas, como por ejemplo la piscifactoría de Aliaga. Luego vinieron descalificaciones sin fin hacia los responsables de las limitaciones ambientales al trazado de la autovía Teruel-Cuenca, introduciendo también el argumento del trato discriminatorio. Desde Aragón se lanzaron todo tipo de propuestas destinadas a ignorar la necesaria protección que determinados territorios necesitan y que está reconocida por numerosas normativas y procedimientos de los que nos hemos dotado libremente. Hay soluciones, pero significaban retrasos de un par de años, y en nuestra Comunidad pareció haber un consenso casi unánime en que es más interesante no perder dos años en diseñar una solución buena para el futuro y se prefiere iniciar ya una obra que interesa social y económicamente, independientemente de los impactos negativos que pueda causar. Se puso de manifiesto una triste tendencia, que está muy en alza en Aragón, de considerar el medio ambiente como un eslogan del que aprovecharse política y comercialmente cuando hay algo que ganar, y como un estorbo a despreciar, cuando causa alguna contrariedad. Ahora el movimiento ecologista  ha debido abandonar la Mesa de la Montaña, porque el Gobierno de Aragón ha promovido inicialmente un proyecto de ampliación de estación de esquí, que se estaba tratando en la propia Mesa, antes de que esta alcanzase ninguna conclusión de consenso. Este gesto de los ecologistas ha desatado una cascada de declaraciones descalificadoras de su trabajo. Especialmente desafortunadas parecen las manifestaciones de responsables sociales que nos decían que solamente representan a un 1% de los aragoneses y que, por tanto, su papel puede ser ignorado. Evidentemente, el sentimiento de respeto a nuestro territorio es valorado por un porcentaje mucho más alto de la población y el ecologismo razonado y moderado es el que mejor lo defiende y representa. Pero el espacio que se deja a la defensa del territorio, como lugar común de todos nosotros y como el más importante patrimonio de nuestros hijos, es cada vez menor. Se ha impuesto la doctrina, liderada por la DGA, por la cual al ecologismo se le deja participar en las mesas de decisión si y solamente si de antemano se acepta que el Gobierno hará los proyectos que decida hacer. En otras palabras, el ecologismo no puede proponer ni justificar que un proyecto no debe llevarse a cabo por razones ambientales ni de otra índole, sino solamente solicitar que se incorporen medidas correctoras cumplibles por el promotor. No existe la posibilidad de que el proyecto sea considerado de impactos inasumibles y, por tanto, de que el proyecto no sea viable ambientalmente. O sea, el Gobierno desea que los ecologistas estén en las mesas de negociación porque le interesa políticamente, pero siempre que tenga las manos libres para hacer los proyectos que planifique.  Al coro de las críticas se suman los representantes de las asociaciones locales. Se nos argumenta que con nuevos proyectos de desarrollo se incrementa el bienestar y la natalidad, que quieren inversiones, que no los miremos como nativos en extinción, etcétera. Es decir, se mezcla todo y se induce a pensar que la conciencia ecologista está en contra de los pueblos de la montaña, por ejemplo, por poner pegas al crecimiento desaforado mediante el modelo de estaciones de esquí muy grandes, las más grandes. Sin embargo, estar en contra de algunos proyectos desequilibrantes, desproporcionados en dimensiones e impactantes no es estar en contra del progreso ni de que se invierta en esos territorios, sino todo lo contrario, porque de esas reflexiones provienen numerosas veces las mejores ideas de futuro. El fondo de la cuestión es cómo invertir las ingentes cantidades de dinero que mueven los grandes proyectos de forma sostenible, rentable y dirigida de forma real a la población local. No se discute si hay que invertir en la montaña o no, como se quiere hacer creer. Esta involución no se detecta en otros países avanzados de Europa, por lo que resulta preocupante la escasa concienciación de muchos agentes sociales ante la trascendencia de crecer equilibradamente y con la vista puesta en el futuro. Es importante reconocer la sabiduría y esfuerzo que representa crecer ordenadamente de forma asimilable por nuestro territorio, sin destruir la fuente de la riqueza futura. Es importante que todos reconozcamos y respetemos la importancia del medio natural. Y es importante que hagamos lo posible por recuperar al ecologismo dialogante para nuestros planes de futuro y de consenso.

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