Ya no nieva

OPINIÓN. Revista Vertex
YA NO NIEVA

“Ya no nieva tanto como antes”, dice un pagès de la Cerdanya. Lo mismo me cuenta un abuelo en un pueblo del Pallars Sobirá. Y un pastor aragonés. Y un masovero de los Puertos de Beceite. Y así lo ratifican decenas, cientos, miles… cuando no millones de paisanos rurales que han vivido en los montes y los valles de montaña décadas atrás. Ellos son el testimonio del saber popular que, sin pértigas de nieve, sin aparatos de medición moderna, saben testificar que las montañas ya no son lo que eran. Vamos, que poco a poco pierden en invierno esa cabellera blanca que les cubre.

Pero no hace falta ser muy sagaz para ver que los montañeses están en los cierto. Vayan ustedes sino al Vignemale, al Aneto, a las Maladetas, al Posets… y dirijan la mirada a los glaciares o lo que de ellos queda. Si son de cierta edad, y guardan algo de memoria fotográfica, verán que la superficie del hielo ha menguado y que las grietas en el hielo prácticamente brillan por su ausencia, por no hablar ya de los serács. Las fotos antiguas del francés Lucien Briet o del propio Juli Soler i Santaló nos ilustran a la perfección si las comparamos con una imagen o mirada actual cuánta masa de hielo se ha perdido en los glaciares pirenaicos. En la cara norte del Monte Perdido, por ejemplo. Una vertiente que ya no es ni será la misma que la que escalaron en el año 1888 el conde Roger De Monts, Célestin Passet y François Salles. En aquel entonces los Pirineos estaban más blancos que ahora. Incluso entonces los glaciares experimentaron una pequeña fase de crecimiento. Entre 1880 y 1910 algunos puntos del glaciar de Monte Perdido mostrarían un aumento de grosor de hasta un 50%.

Pero atrás quedan ya los veranos cortos y frescos en los que el conde Russell relata desde su cueva del Vignemale: “La nieve comienza el 20 de agosto y caen 80 centímetros en cuatro días”. O los días en los que el ibón de Marboré o de Tucarroya no se deshelaba completamente hasta el 28 de septiembre, como nos relata el padre Gaurier en 1908, quien más tarde, entre 1913 y 1927, describiría cómo el glaciar de Ossoue pierde un espesor de más de cinco metros. La regresión blanca, la ablación de los glaciares, el deshielo de los neveros no ha cesado desde entonces. Inviernos más suaves, veranos más calurosos, menos precipitaciones y nevadas tardías de primavera conducen a la extinción de los glaciares y, por ende, a todo tipo de mundo nival que cubre nuestras alturas.

Aún así hay escépticos con esto del cambio climático, quienes no se lo creen o cuando menos piensan que eso de “ya no nieva como antes” son simples apreciaciones personales. Opinan que las nevadas a las que aluden los más veteranos no son sino recuerdos de un tiempo “excepcional”, de metros de espesor de nieve en las calles de los pueblos de montaña y ladera arriba un tanto “anecdóticos”.

Pero lo que ya no se pueden discutir son los datos científicos que se recogen en los Pirineos, en Catalunya, en España, y en todo el mundo. Eso si que no hay quien lo refute, aunque de vez en cuando surjan voces disidentes que afirmen que esta tónica de más calor va a cesar, y que el clima va a cambiar a más frío. El caso es que de momento tenemos sobre la mesa estudios sesudos como el que ha elaborado nada menos que la ONU. Ahí es nada. Basado en estudios del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, integrado por más de 2.000 investigadores, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente recoge datos que prevén una subida de entre 1’4 y 5’8ºC en este siglo. Un calentamiento que se prevé más intenso en el hemisferio norte y en invierno, lo que se traduce en menos nieve. Es decir, regresión de glaciares, gran incremento de aludes y subida de la cota de nieve. En los Alpes se prevé que la cota de nieve suba en el año 2030 a los 1.500 metros, y para el 2050 a los 1.800. El trabajo de investigación elaborado bajo el título “Cambio climático y deportes de invierno: amenazas medioambientales y económicas” llega a la conclusión de que el calentamiento global puede originar el cierre del más del 50% de las estaciones de esquí en los Alpes para el año 2050. Un 36% en el 2030, y un 56% en el 2050. En nuestras montañas, más bajas altitudinal y latitudinalmente, el cierre será mucho más notorio.

Aquí quería llegar yo. Donde el estudio de la ONU afirma que el “cambio climático tendrá el efecto de desplazar los deportes de invierno a zonas de mayor altitud, concentrando los impactos ambientales en espacios cada vez más escasos y ecológicamente más sensibles”.

Y es que todo lo dicho viene a colación por que no sólo hay quien no se lo cree del todo, sino que, además, haciendo caso omiso a tanta voz popular y sabia, sigue decidiendo que en los días que corren hay que seguir apostando fuerte por la industria turística de la nieve. Muchos de ellos residen en ayuntamientos, parlamentos y estancias de poder político. Nada de ello sería de escándalo si no fuera por el gran derroche de fondos públicos que destinan la Generalitat o las Diputaciones, y si no fuese por que nos estamos “cargando” un bello patrimonio natural cuya desfiguración es un proceso dramático e irreversible que muy difícilmente podremos maquillar una vez realizado. Y por que debajo de esa fina capa de nieve donde van a esquiar unos cuantos (Aclaración: ¡nada en contra del deporte!) hay montado todo un negocio de urbanización y especulación del suelo. Cientos de hectáreas de terrenos rústicos –fértiles huertas, verdes prados, setos, bosquetes y bordas pastoriles sin gran valor económico- pasan a ser reclasificados como suelos urbanos donde se levantan bloques de apartamentos, hoteles, zonas comerciales, aparcamientos y pisos de segunda residencia que llegan a superar precios de 3.300 euros el metro cuadrado, tal y como ya se puede constatar en el entorno de Baqueira o en el valle oscense de Tena. La estación, el deporte y la nieve es la excusa.

En efecto, la nieve se derrite, pero los bloques de apartamentos crecen como hongos.

Si ya lo decía mi abuelo: “Ya no nieva como antes”. ¡Y lo que vendrá!

Se lo contaremos a nuestros nietos: lo que nevaba, lo que había y lo que cementaron en las montañas.

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