Proyectos (públicos) fracasados, una historia lamentable

Un paseo por las laderas del valle donde debían ir las supuestas pistas de Cerler-Castanesa permitía deducir que aquello era un imposible. Hubiera sido preciso rehacer las fortísimas pendientes, consolidar el esponjoso suelo, canalizar las escorrentías y dinamitar los afloramientos rocosos. El destrozo medioambiental y el gasto iban a ser insostenibles. Y por si eso fuera poco, el hipotético dominio esquiable quedaba bajo el viento del norte, la gabacha, capaz de barrer la nieve una y otra vez. «Sujetaremos los copos con chinchetas», dijo un asesor de los jefes.
Con la pretensión de construir miles de apartamentos, Aramón empezó de inmediato a señalar suelos ofreciendo 240.000 euros por hectárea de prado (36.000 abonados en el acto). Los ganaderos del valle se vieron, de repente, millonarios. Al arquitecto Foster, designado autor de la estación, se le pagaron de entrada más de tres millones libres de impuestos por iniciar un diseño que jamás acabó. Increíble.
Con este último tropiezo, Aramón eleva su agujero por encima de los cien millones. La sociedad semipública, mal gestionada durante lustros, usada para impulsar pelotazos en los valles, es una ruina: la ruina de todos los aragoneses (y no es la única, claro). Para colmo, las decenas de miles de segundas residencias construidas a destajo (algunas, horrorosas) malogran ahora la oferta de la hostelería local. Un pan como unas hostias.
Castanesa, pero no solo. No les repito el listado de bromas y quimeras que han decaído o bien son una absurda realidad que sigue devorando la pasta del contribuyente. Cuando recorro Zaragoza y veo el Fleta como el pelado costillar de una ballena varada o la antigua Escuela de Arte que jamás será el museo que Goya debería haber tenido, cuando recuerdo el pufo del estadio cinco estrellas y me entero de lo que está pasando con Averly, no dejo de pensar en dos cosas: a) que la incompetencia de los jefes sale aún más cara que sus presuntas corruptelas (o corrupciones de grueso calibre), y b) que sería una excelente inversión pagar bien a los políticos, siempre que fuesen personas preparadas, inteligentes, con iniciativa… y honestas, por supuesto. Ya sé que esa especie no abunda. ¿Por qué no la reclamamos con la papeleta electoral en la mano?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.