Editoriales prensa 20-03-2006

Ni marbellización ni sólo mermelada. Editorial de El Periódico de Aragón
El presidente del Gobierno de Aragón exponía de manera muy gráfica en las páginas de este diario la necesidad de desarrollar nuevas actividades económicas en el Pirineo: «No podemos pedir a los jóvenes que se queden a hacer mermelada». Marcelino Iglesias explicaba con toda lógica que con los discursos románticos no se asienta la población en las montañas, opinión que comparten los alcaldes del Alto Gállego que trataron de neutralizar en el Portalet la concentración convocada por Ecologistas en Acción. Todos defienden un Pirineo con vida, lo que cambia es el concepto de vida que tienen unos y otros. Tiene que ser posible alcanzar un punto de encuentro entre las mil viviendas que se proyectan en Formigal y la mermelada como única opción de futuro. Las pretensiones de expansión son lícitas y necesarias, pero al mismo tiempo tienen que ser contenidas para evitar el deterioro medioambiental y la especulación.

El equilibrio como única salida. Editorial del Diario del Altoaragón
LOS maximalismos no suelen conducir a nada bueno en aquellas materias que son proclives a la diferenciación de enfoques y tan sólo resultan aceptables en aquellos asuntos en los que no existe ningún resquicio a la tolerancia de determinadas actitudes que conculcan los derechos y vulneran la dignidad humana.

En la confluencia ayer de dos concentraciones en un mismo espacio, incluso la climatología pareció querer aportar su punto de tensión con una descarga de ventisca y de frío que tampoco contribuía a una mayor calidez en el acercamiento de las posturas de los convocantes de ambas reuniones organizadas, por supuesto, sobre la base del legítimo derecho de expresión y de manifestación. Por un lado, los representantes políticos de PSOE, PP y PAR de las cuatro comarcas pirenaicas bajo el lema “Por un Pirineo con vida”. Por otro, la Plataforma en Defensa de las Montañas y su modelo conservacionista.

Obviamente, esta coincidencia, casual o no, ha provocado la visualización del desencuentro que se produce entre munícipes y las gentes de los pueblos pirenaicos, por un lado, y las organizaciones ecologistas que, lógicamente, cuentan también con sus adeptos. Curiosamente, los lemas de este tipo de manifestaciones son perfectamente asumibles por la práctica totalidad de la población aragonesa, así como la enumeración de objetivos, pero en los matices se encuentra el meollo de la problemática y del indudable conflicto. Por un lado, los conservacionistas acusan a la clase política de impulsar un determinado modelo de desarrollo pernicioso para la supervivencia en el estado más virginal posible del medio ambiente. Por otro, las administraciones inciden en que el desarrollo sostenible ha de compatibilizar el cuidado de la naturaleza con el imprescindible progreso de las gentes de la montaña que sufren las servidumbres y tienen todo el derecho a recibir contraprestaciones.

Seguramente, esa cierta tensión entre posturas, convenientemente encauzada, debería conducir a un equilibrio en el que se recogieran las aportaciones de ambas partes del diálogo y, por supuesto, también hubiera ciertas renuncias asumibles. Quizás, como punto de partida, no estaría de más recordar que un gran criterio de la UNESCO estriba en conseguir la mejor convivencia entre el hábitat natural y los lugareños, que, desde hace siglos y milenios, ha resultado muy fructífera.

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