Castanesa se queda en blanco

Primero conviene situarse. Montanuy, en la comarca de la Ribagorza, está integrado por 17 núcleos poblacionales. Según el último censo, del 2012, suman 265 habitantes. El término municipal es de unas 17.400 hectáreas. En el 2008 se aprobó un Plan de General de Ordenación Urbana (PGOU), que ahora ha sido suspendido por el Tribunal Superior de Justicia de Aragón (TSJA). El proyecto abría la puerta a la construcción de 4.053 viviendas. De ellas, 2.609 estaban ligadas a la ampliación de la estación de esquí de Cerler por Castanesa. El resto, 1.444 se ubicaban en nuevo suelo urbanizable, que se recalificó.

Aramón, la sociedad pública participada por el Gobierno de Aragón e Ibercaja al 50%, se lanzó a la compra de suelo en los 17 núcleos que conforman Montanuy. En ellos debían construirse esas 2.609 viviendas. La empresa adquirió las tierras con la idea de venderlas posteriormente y con las plusvalías pagar el coste de ampliar la estación de esquí. Desembolsó unos 20 millones de euros. Pagó los terrenos hasta a 240.000 euros la hectárea. Un auténtico aluvión de dinero que hoy parece haberse derretido.

El estallido de la burbuja inmobiliaria congeló el proyecto; la anulación del PGOU, lo ha sepultado. En los valles del Baliera y del Noguera, donde se ubican los núcleos de Montanuy, no se ha construido nada. Aramón dispone ahí de unas tierras (48 hectáreas urbanizables) que ahora mismo no le sirven para nada. El dinero que cayó del cielo en estos pueblos aislados y mal comunicados, no ha servido para reactivar su economía.

A la gente de los pueblos le cuesta hablar de la venta de las tierras, del dinero que ganaron. El padre de Amado Cortinat, el alguacil de Montanuy, vendió media hectárea al precio máximo, 240.000 euros, en el núcleo de Castanesa. «Cuando le dije lo que pagaban, me contestó que como si quería desprenderme de todo», confiesa.

El proyecto de la ampliación de la estación ha sido polémico desde el principio. La mayoría de los vecinos está a favor. También tiene detractores, menos, que temen que el desarrollo urbanístico pretendido por el Ayuntamiento de Montanuy, ponía en jaque el entorno natural y no procuraba un desarrollo sostenible. Vicent Joaniquet tiene 26 años. Vive con su familia en Aneto, uno de los núcleos que pertenecen a Montanuy. En invierno están en el municipio 21 vecinos. Es partidario de la ampliación de la estación y del desarrollo urbanístico que conllevaría. Su familia subsiste gracias a la ganadería, aunque alterna esta actividad con trabajos puntuales en la nieve. Acude al ayuntamiento montado en un Audi rojo. «Si no se hace el proyecto de Castanesa tendremos que marcharnos, aquí cada día es más difícil vivir. Las condiciones son duras y no tenemos servicios», cuenta.

SERVICIOS En Montanuy no hay bares. El único restaurante, en Castanesa, cierra durante el invierno. Tomar un café entraña ir hasta Pont de Suert, en Cataluña. Este es territorio de frontera. Una escarpada y retorcida carretera une los núcleos, separados hasta por 40 kilómetros de distancia. Los pueblos están compuestos por apenas un puñado de casas cada uno. Algunas están en ruina. Las calles están rondadas por perros. Ver un vecino resulta complicado.

«¿Dónde está el desarrollo? Aquí cayeron 20 millones de dinero público, la gente se hizo rica y ya está. Fue un pelotazo, como la lotería», cuenta Luis de la Infanta mientras camina por las empinadas calles de Señiu. Es un jubilado de Telefónica, cabeza visible de la Asociación Naturaleza Rural y concejal de CHA. Su oposición al proyecto es frontal. «Quieren un futuro ligado al sector del esquí, es va a menos y a los dentistas, de segundas residencias. Eso ya no existe y aquí no se va a hacer nunca», asegura.

En el colegio hay 18 niños. Dos servicios de transporte reparten a los chavales por los núcleos. Javier es el conductor de uno de los microbuses. Vive con su mujer en Noales. Tienen un crío de cinco años. Y una hipoteca que firmaron en el 2008. «En una década aquí no quedará nadie, yo mismo me iría si no tuviera que pagar la casa que me construí», cuenta. Comparte con su hermano una explotación ganadera con 100 cabezas de vacuno. Su padre vendió tierras a Aramón. No aclara cuántas, ni el dinero que les pagaron. Ve la ampliación de la estación como una alternativa de futuro.

Como Amado Cortinat, que casi se enfada cuando se le pregunta. «No entiendo esto de proteger el medio ambiente. ¿Y las personas que vivimos aquí? ¿Quién nos protege? Es fácil opinar desde Zaragoza. Hay conocer esto, pisar los pueblos desiertos. Tuvimos que dejar de matar el cerdo porque no había nadie para sujetarlo», dice el alguacil. Ester Cereza tiene 25 años. Estudio arquitectura en Lérida y ha vuelto a su pueblo. Quiere quedarse. Su familia regenta una casa rural. También tienen ganado, como la mayoría de las familias. «La estación de esquí aportaba esperanza, pero ahora, ¿qué nos queda? La gente es cada vez mayor, no se queda nadie, y lo que lo hacen no tienen posibilidades de trabajo», asegura.

En 1900 Montanuy tenía un censo de 1.395 personas. Hoy es de 265. Ni siquiera la venta de tierras gracias a la inversión de Aramón frenó la despoblación. Desde el 2008 el censo ha descendido en 20 personas. La población de más de 65 años supone el 29,1%, según el instituto aragonés de estadística. Un 9% más que la media de Aragón. El futuro es incierto para estos pequeños núcleos.


El alcalde: «Entre la tranquilidad y la soledad hay un paso»

José María Agullana (PSOE) es el impulsor del Plan General de Ordenación Urbana. Su elección en los comicios del 2011 iba ligado a él. Obtuvo el 55,2% de los votos, seguido por el PAR, 31,2% y CHA, 13,6%. Se cabrea cuando se le habla de pelotazo, de especulación. «Nos gustaría poder vivir aquí. Pero hay gente que viene de fuera, que no necesita ninguna actividad económica. Pero entre la tranquilidad y la soledad hay un paso. Ningún espacio natural se protege tanto como este, tenemos 4.000 hectáreas de máxima protección. Y si alguno de nosotros hiciese un destrozo parecido al que hacen los jabalís iríamos a la cárcel. Se cuida todo menos a los que queremos permanecer en el territorio», se lamenta.

 

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