«espelunciecha nunca mas»

Espelunciecha nunca mas. Por Eduardo Martínez de Pisón

Si los paisajes durasen menos que nosotros, ¿qué hacer cuando rostros seculares y hasta milenarios de paisajes se desfiguran velozmente?
A veces el futuro reaparece como un pasado sin consumar. Algo que no alcanzó a hacerse presente en un momento dado y luego anduvo extraviado o guardado y más adelante se encontró o se retomó en momentos más propicios. O algo que tal vez estuvo esperando a que alguien se ocupase de desarrollarlo.
Como ejemplo de acciones negativas recuerdo aquellas planeadas en los años sesenta del siglo XX para muchas de nuestras montañas, que se cumplieron sólo parcialmente entonces y que han sido resucitadas ahora con nuevos apoyos y renovada tecnología, cuando desde ciertos presupuestos parecían propias sólo de tiempos sin retorno.
Me refiero a la implantación de estaciones de esquí y su urbanización asociada en laderas pirenaicas y cantábricas, tan profundamente trastornadoras. Están nuevamente planteadas con la apariencia de un modelo de futuro.
Si se les ponen reparos, sus promotores suelen argumentar que sus daños directos y colaterales son “el precio del progreso”, cuando deberían decir que realmente son sólo determinado progreso conseguido a cualquier precio. Aunque desde hace tiempo es conocido que el becerro de oro no es precisamente la ley de la montaña, esta versión del “precio del progreso” viene a ser como una renovación de aquella filosofía arbitraria del “mal necesario”, que no por aparentar lo adjetivo (la necesidad) dejaba de ser la aplicación de lo sustantivo (un mal).
Una conocida novela comenzaba diciendo que “no había belleza alguna ni en el paisaje ni en los ojos del hombre que lo contemplaba”: ¿será éste el precio del progreso?
La disarmonía creciente de la reciente acción humana en el paisaje es bastante generalizada y es observable en demasiados lugares por cualquier persona sensible.
Yo he sentido aquí en más de una ocasión como algo propio aquello que apuntó el escritor Daudet, aplicado a un lugar particularmente querido que había sido mancillado. Escribía que prefería dejar pasar un tiempo antes de volver allí para permitir que sanara el paisaje dañado y se preguntaba con dolor si podría amar de nuevo aquella tierra herida y despojada. Hubiera deseado –añadía- enrollar los prados como alfombras, con los caminos, los atardeceres, recoger los estanques como si fueran espejos, hacer un ovillo con los arroyos en una bobina como se hace con los hilos de plata y encerrarlo todo cuidadosamente en un almacén a la espera de que pasase el agravio para después reemplazar en sus sitios los prados, los ríos y los bosques tal como eran antes del ultraje.
Si adaptarse a la montaña produce honda satisfacción y beneficio espiritual, cada vez hay menos lugares donde esto sea posible. Adaptar, en cambio, la montaña al interés o al capricho, que es exactamente lo contrario, se ofrece, con gran exceso de sentido práctico y falta de crítica ética, como si fuera lo mismo. Si casi todo parece en obras, todo está en amenaza de obras: pueblos, valles, caminos, canales de posibles aludes, tomas de agua, refugios. Entretanto no hay voluntad de corrección cultural. Así, los que escogieron estos lugares como vernáculos o montaraces tendrán que replantearse si no han acabado en una cantera. Cuando asistimos a uno de estos despojos, lo que queda es su sustitución por un producto de menor calidad, que también nos arrastra a un rebajamiento. Si, al contrario, reencontramos respeto a los paisajes perdidos, es el sentido mismo de la vida lo que nos renace dentro con toda su fuerza.
Pero como el hombre no está preso en sus paisajes, en nuestra relación con ellos existe, sobre todo, una expresión de libertad y, con élla, una adquisición de responsabilidad. El grado de asimilación del concepto de paisaje y su mantenimiento manifiesta, en cambio, la cultura y la moral territorial de una sociedad.
En nuestro diálogo con el mundo existe una relación moral. El paisaje es un producto del tiempo, revela lo que somos y, cuando los paisajes se eclipsan, se nos borran nuestras referencias y significados. Y, en ese acto de rebajamiento de calidad, se adquiere, hay que repetirlo, una grave responsabilidad.
Nunca más otra Espelunziecha. Hemos asistido aquí, inermes y desolados, a la desfiguración de un paisaje querido. Hemos aprendido mucho en esta batalla perdida; también hemos dejado en ella la candidez. Pero no el idealismo, que, al contrario, ha salido reforzado. No la fuerza para sostener nuestras razones, que no ha hecho sino aumentar. Tampoco la vigilancia, con el fin de estar alerta cuando ese modelo aciago quiere extenderse como una plaga por el Pirineo.
Otra Espelunziecha, nunca más.

La Voz de Espelunciecha. Por Sebastian Álvaro

Lo primero que quiero decir en este lugar a todos es: gracias. Gracias a todos los que por idealismo y amor a las montañas lleváis soportando insultos, incomprensiones, que uno no creía ya posibles, siendo avasallados por los poderosos, por los de siempre, los que tienen el poder y el dinero.
A nosotros, también como siempre, sólo nos queda la palabra.
Uno, en su ingenuidad, pensaba que la democracia no permitiría destrozos como este, basado en el enriquecimiento de unos pocos y el silencio cómplice de bastantes.
Lo más terrible es el silencio. La naturaleza necesita una voz que la defienda, y ahora más que nunca, cuando quienes tienen la obligación de defenderla se han convertido en sus mayores depredadoras. Vosotros, amigos, sois esa voz. La voz que nunca acallaran.
Hace más de un siglo Jhon Muir, uno de los padres del conservacionismo, puso de relieve la necesidad que tenemos de conservar los parajes naturales para que todos podamos admirarlos, para enriquecernos con su contemplación estética y moral. Por eso resulta tan desolador comprobar que esta agresión venga de un sistema que se considera democrático y justo e, incluso, de partidos que se consideran progresistas. ¿Este destrozo puede considerarse progreso?
La civilización y el progreso es justo todo lo contrario: contención y conservación.
Quizás a lo peor es que ya nadie es lo que dice ser. O quizás, Marbella, Seseña, Mallorca y Espelunciecha son el resultado de un mismo problema: la especulación urbanística, la codicia, la insensibilidad medio ambiental y la falta de transparencia.
Las montañas son mucho más que las rugosidades de la Tierra. Son la suma de su majestuosidad y belleza, del sentimiento que les hemos otorgados los caminantes y los alpinistas, y del poso cultural que han provocado. Por eso nuestros políticos deberían tomar nota de Muir, que nos descubrió que la naturaleza tiene un componente cuasi religioso. Debemos entrar en ella como se entra en un templo: con respeto. Y lo puso de relieve con una frase que hoy tiene más sentido que nunca: “El sol no sólo brilla sobre nosotros, sino dentro de nosotros”
A algunos les puede parecer un sueño ganar esta batalla tan desigual. Pero me gustaría recordaros una frase de Russell: «hay algo de celeste en la belleza de los Pirineos: allí se vuelve uno soñador». Soñemos, pues, amigos. Además, como dijo Nansen, ¿Qué sentido tendrían nuestras vidas sin los sueños?
Algún día Espelunciecha, como en su día lo fue Gredos, será recordado como un símbolo. Un símbolo de la lucha por la conservación de nuestro patrimonio natural, símbolo de la bondad y el altruismo, frente al abuso, la prepotencia y la sin razón.
Así que, compañeros, gracias por seguir manteniéndoos firmes en la lucha por defender estos lugares en los que –como afirmaba de la Antártida el explorador Ernest Shackleton- son lugares donde aún se percibe “el alma desnuda del hombre”.
Y seamos, como él, resistentes y optimistas. Creamos, como él, que “Resistir es Vencer”
Muchas gracias a todos.

José Luis Mendieta

Además de a título personal, estoy por cuarto año aquí en representación de la revista Desnivel. No hace falta señalar que la revista Desnivel no es un órgano de representación, eso le corresponde a otras instituciones, pero estamos convencidos de que sí estamos reproduciendo en nuestras informaciones y opiniones el sentir general de los montañeros españoles. Nosotros somos parte, y en todo lo que podamos apoyaremos las iniciativas de los diferentes grupos que promuevan la defensa de las montañas ante la modificación de su estado natural. Al igual que la Plataforma, sufrimos las consecuencias.

El abuso especulativo al que están siendo sometidas las montañas españolas, es «extremadamente preocupante», ya que se están destruyendo ecosistemas además de producir una mala transformación en todo el territorio español. Son palabras de Antonio Serrano, Secretario General del Ministerio de Medio Ambiente. [Cita de noticia: RedMontañas, Exitosa protesta montañera, sobre las ascensiones reivindicativas del 21 de mayo de 2006, en Desnivel.com].

Hoy la conservación y defensa de las montañas pasa por promover el desarrollo sostenible. Y el desarrollo sostenible de las montañas está condensado en un documento solicitado por el Ministerio de Medio Ambiente en el año 2002 que se llama Carta de las Montañas. Este documento vuelve a estar paralizado por las autoridades ambientales. Es la realidad. Mientras normas como la Carta de las Montañas o la Ley de Protección de la Montaña de Aragón llegan, el papel de las plataformas en defensa de las montañas como la de Aragón, o la de San Glorio o la de Val Fosca resultan imprescindibles.

A título personal y de la revista Desnivel, estoy aquí para agradecerles que “nos” defiendan en primera línea las montañas no sólo para los montañeros sino para toda la sociedad. Porque: Todos tienen el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, así como el deber de conservarlo. Es el artículo 45 de nuestra Constitución.

Para acabar me gustaría recordar a uno de los grandes. A Miguel Delibes en 1975 cuando ingresaba en la RAE y decía [cita de noticia Fuentes Carrionas: la vida de la langosta, sobre la futura estación de esquí de San Glorio, en Desnivel.com]: «El verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo (¿recordáis el deslizamiento argumental de Aramon para ampliar Formigal?), ni en fabricar más cosas, ni en inventar necesidades al hombre, ni en destruir la naturaleza, sino en racionalizar la utilización de la técnica y establecer las relaciones hombre-naturaleza en un plano de concordia».

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