Del kilimanjaro a espelunciecha.

Montañas

JOSE LUIS Trasobares 24/09/2004

Ayer la expedición al Kilimanjaro organizada por Feaps Aragón (la Federación que reune a las asociaciones de discapacitados psíquicos) caminaba a tres mil ochocientos metros de altura. Todos estaban bien y los chavales que protagonizan la escalada vivían la experiencia con entusiasmo. «¿No es un poco artificioso y arriesgado llevar a gente con disfunciones intelectuales a una cima que supera los cinco mil metros», pregunté hace ya algún tiempo a los organizadores del reto. «¿No te gusta a tí subir montañas», me replicó Paco López, que ha sido el promotor de la aventura. «Sí, claro», le dije. «Pues a los que llamamos discapacitados, también», remachó él. Y ahí acabó la discusión. Todos los seres humanos aman la superación personal, los espacios abiertos y el placer de conquistar la naturaleza siendo parte de ella y no un agente destructor. Yo mismo, hace ya unos añitos, subí a lo alto del Cotopaxi (también más allá de los cinco mil metros) ascendiendo penosamente por una empinada ladera de antigua lava fragmentada, y una vez arriba entendí de forma instantánea la magia de las montañas y escuché la poderosa llamada de las cumbres; una llamada que nos hace sobreponernos al miedo y a la fatiga para llegar allí donde imaginamos que moran los dioses (los inocuos dioses verdaderos, quiero decir).

¡Ah, las montañas! En su sacrosanto nombre se organizó el otro día un viaje a las obras que amplían Formigal. Científicos, políticos y periodistas fueron llevados a contemplar el desastre. Una vez más, las personas humanas se quedaron estupefactas. Así que los socios de Aramón están agobiándose porque cada vez hay más gente convencida de que una cosa así no puede repetirse. Ni que estuviésemos locos. El desarrollo del Pirineo tiene otras vías al margen de la barbarie. Somos muchos los que, como las chicas y chicos de la expedición de Feaps al Kilimanjaro, queremos que las montañas sigan siendo la olímpica meta de nuestros sueños.

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