Un problema llamado aramón

A comienzos de la década del 2000 algunos de nuestros dirigentes pensaron que Aragón también se debía subir a lo grande a la fiebre inmobiliaria que recorría la costa española. Puede que aquí no tuviéramos playa, pero teníamos montañas. Y así ese grupo de dirigentes –encabezados por Manuel Pizarro entonces presidente de Ibercaja y José Ángel Biel vicepresidente del Gobierno de Aragón- creó Aramón como una inmobiliaria que levantaría apartamentos en primera línea, no de playa, pero sí de pista de esquí, usando la construcción de las propias pistas como excusa.

Por supuesto, en ese grupo había personas con más o menos buena fe, que pensaban que la fiebre inmobiliaria podía ser la panacea que trajera riqueza al territorio; y otras que directamente buscaban intereses particulares al calor del pelotazo rápido y fácil.

En todo caso, la constructora Aramón (como tal figura en el CNAE Código Nacional de Actividades Económicas) se creaba en el año 2002, en plena burbuja inmobiliaria, con proyectos para ampliar y/o construir estaciones en todos los valles de montaña de Aragón, acompañadas de sus correspondientes urbanizaciones.

Pero no se contaba con la creciente oposición de la sociedad aragonesa a que se enladrillaran sus paisajes de montaña. Una oposición que, articulada fundamentalmente por medio de la Plataforma en Defensa de las Montañas de Aragón, logró ralentizar esos proyectos. No detenerlos, pero sí frenarlos.

Hasta tal punto fueron frenados y el clamor social era creciente (con escándalos como el de Formigal o el de Javier Blecua por medio), que numerosos dirigentes se plantearon si el modelo Aramón era el correcto. Y en medio de las dudas, estalló la burbuja inmobiliaria. Con ello, ya pocas dudas quedaban: una inmobiliaria ya no era rentable y muchos de los fundadores del holding se echaron atrás. Buena prueba era una presidencia que quemaba y nadie quería ejercer, prorrogando de forma indefinida a Francisco Bono, que ocupó el cargo en teoría de forma transitoria tras la renuncia de Alfredo Boné.

Con todo, Aramón todavía aguantó con vida gracias a un proyecto: la construcción de Aramón-Castanesa que era un empeño personal de Marcelino Iglesias. Pero, dejada atrás esa fase, Aramón ya no tiene ningún sentido, para ser sólo una carga. Así lo apuntaba en campaña electoral la propia Luisa Fernanda Rudi, que adelantaba su intención de deshacerse de Aramón mediante su venta.

Pero, he aquí el gran problema, Aramón fue concebido para ejecutar recalificaciones urbanísticas y, sin ellas, se ha convertido en un gran monstruo. Es imposible vender una empresa deficitaria que tiene pérdidas crecientes año tras año y que acumula una deuda de varias decenas de millones de euros. Una situación que apenas pueden maquillar las sucesivas y generosas inyecciones de dinero público recibidas. Con ello ¿cómo deshacerse de esta patata caliente?

Entiendo que una forma sería auditar y hacer pública la situación real y, a partir de ahí, tratar de hacer una reconversión escalonada y planificada salvando lo salvable y, en todo caso, no provocando más daños ni al paisaje ni a las arcas públicas.

Desde luego, otra forma es una huida hacía adelante, seguir como si nada pasara. Y parece que algunas tentaciones hay de hacerlo, a raíz de algunos detalles, como las peticiones de invadir el santuario de Canal Roya con la enésima ampliación de Formigal, las amenazas a los vecinos de Benasque por parte de Aramón o la sorprendente, por ser suaves, designación de Francisco Bono -presidente de Aramón- como Consejero de Economía. Un Francisco Bono que sigue sin encontrar a nadie que le quiera sustituir al frente de Aramón y se encuentra en una delicada situación de incompatibilidad de cargos.

Como parece que este agosto está siendo de reflexión por parte del gobierno entrante para tomar una decisión al respecto, esperemos que el calor funda las tentaciones de seguir como si nada pasara y septiembre nos traiga una solución satisfactoria al problema de Aramón.

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