Un bello relato: el paisaje perdido

EL PAISAJE PERDIDO
Eduardo Martínez de Pisón

ASALTOS DE LOS RECUERDOS.

El grupo de casas de piedra tenía como conjunto un magnífico carácter y cada edificio era una atractiva muestra del viejo estilo. Aquel apartado pueblo de la montaña había perdido la mitad de su pequeña población desde 1950 y ello se acusaba en el deterioro de fachadas y tejados; en una segunda mirada, su aspecto era el de una planta marchita. Al cambiar el siglo tenía unos cien habitantes, aunque figuraban más en el censo gracias a la prestación de nombres de emigrantes con el objeto de superar el número mínimo de población que la Autonomía había establecido para conservar escuela propia.

Al aproximarse el cambio al siglo XXI comenzó una verdadera epidemia
constructiva: se ensanchó la carretera, se montó una conducción de gas, se levantó una minicentral, se derribaron casas, cuadras y pajares, se rellenaron plazuelas, se levantaron grandes edificios de piedras oscuras para aparta-mentos y se urbanizaron los prados periféricos con chalets adosados. En dos años se alcanzó una oferta de quinientos pisos para residencias secunda-rias y algunos de ellos pasaron cuatro veces por distintos propietarios antes de entregarse las llaves. Hubo reuniones de compradores y contratistas, y, ya cercano el euro, colas de varones urbanos provistos de maletines con dinero contante ante las oficinas que la construc-tora había improvisado en un módulo plantado en un prado de las afueras. En poco tiempo apenas quedaba ni la sombra del viejo pueblo, de su viejo estilo ni de su carácter a la vez fuerte y marchito. Todo había pasado de pronto de un estado de necesidad de supervivencia a otro en el que se habían sobrepasado los límites de su persistencia.

Primero llegó una «zona cero», solares abiertos, muros abatidos, sillares sueltos, alternantes polvareda o barrizal, por los que circulaban excavadoras laboriosas y se levantaban las siluetas antediluvianas de gigantescas grúas; ruidos de motores, pitidos de máquinas, camiones que transportaban escombros por las pistas de montaña hacia vertederos escondidos, «Audis» de técnicos y empresarios con sospechosos planos y con cascos amarillos en la repisa trasera. Miradas codiciosas de un adulto con corbata a un establo aún sin reciclar. Luego empezó a reconfigurarse el aspecto con edificios que imitan columnas románicas y tienen ventanales-espejos que reflejan los paisajes, grandes vigas de adorno y garajes de puertas automáticas.

En plena transición, asomado a la ventana de un edificio precedente al gran cambio, con la mirada desolada sobre el campo de batalla, oigo a mediodía sonar las campanas de la iglesia con toque de gran celebración. A los dos minutos pasan por la calle con ritmo agitado la cruz y los pendones de la procesión local del Corpus, saltando tablones, esquivando zanjas, seguidos velozmente por una pequeña comitiva endomingada de naturales del lugar. Pese a la cuesta arriba que debe vencer la procesión, su ritmo se podría llamar endiablado si no fuera por el claramente opuesto sentido de la celebración, lo que certifica la presencia del clérigo de oficio materialmente corriendo a la cabeza del grupo. Unos ancianos, sin embargo, se van quedando rezagados en el sprint con la respira-ción entrecortada. Mientras la procesión ataja por los solares sorteando grúas y se pierde tras un arco de piedra que ha quedado aislado entre explanadas, dos mujeres renqueantes de la retaguardia de edad se apoyan sofocadas en una tapia y excusan la prisa que se ha adueñado del acto, del pastor y de sus fieles más vigorosos porque está a punto de comenzar la retransmisión televisiva del partido del campeonato mundial de fútbol en el que se juega un octavo puesto la selección nacional. Veo de refilón que ya la acelerada cola de la procesión ha completado su circuito por el atajo abierto en lo que hasta hace poco eran casas y está entrando de nuevo atropelladamen-te en la iglesia de la que acaba de salir. Un profundo silencio se adueñará inmediatamente del pueblo, sólo cortado por intermiten-tes gritos colectivos que salen de los bares y las viviendas, vítores cuando la patria alcanza un éxito, despechados o furiosos cuando falla o estremecidos cuando está seriamente amenazada por un peligro.

Entre escenarios perdidos y pueblos huecos se deshilachan restos de una tradición rural rebasada por otros sinsentidos. Experimento este caso como una represen-tación incómoda y desadapta-da en la que ya faltan formas y contenidos, a la que se anteponen otros intereses -sin duda vacíos, pero que se toman como más importantes- y donde, como en todo comporta-miento competitivo, sobran los débiles. Veo que, al tiempo que los vendedores de «paraísos» que ellos mismos destruyen se adueñan de las cosechas de piedra cuando éstas dan su fruto, hay nieblas mentales perdura-bles, que vuelven a circular con holgura a favor de la falta de ejercicio del pensamiento, y atraen con prioridad, recubiertas por un implícito prestigio de llamada colectiva a los buenos ciudadanos.

Cierro la ventana y me enfrasco en un libro que no pertenece a estos escenarios activos. Trata de alguien, sin embargo, que recorría estos mismos lugares hace cien años con una fuerte personalidad y una alta estima de la belleza de las peñas, los bosques y los pueblos; pero este refugio no es sino un testimonio de una referencia cultural tan claramente interesante en las bibliotecas como ya ausente de los hechos. Aquel mundo que guarda intacto el libro, sólo el libro, ha durado hasta hace un cuarto de siglo, pero ¿qué tiene que ver con esta comercializa-ción de la montaña? El libro me trae recuerdos de ese tiempo.

No hace mucho me contaba un guarda forestal a punto de jubilarse que de joven fue, como tantos otros, cazador furtivo. Subía de noche desde el pueblo con unos compañeros a una crestería elevada y se apostaban cerca de una brecha por donde pasaban los sarrios. Una vez que abatieron un macho fueron sorprendidos en la montaña por la autoridad con la pieza a sus pies. El cabo dijo que la requisaban para los pobres. Argumenta-ron los cazadores que debería ser entonces para ellos mismos, pues no había nadie más pobre en el pueblo. Los guardias, para no entrar en razonamientos perturbadores, decidieron hacer una hoguera y quemar el sarrio muerto allí mismo. Al retirarse, nuestro furtivo tiró sin que le vieran de las patas de atrás del animal y sólo dejó quemando su cabeza. A la noche siguiente volvió a subir silenciosamente, recogió los restos casi intactos de la caza, se los cargó a hombros, cruzó la sierra en diagonal por el largo y escondido descenso del bosque, pasó con su presa a cuestas el oscuro río a nado por donde no había puente ni vado y alcanzó entre las sombras la puerta de su casa justo antes de amanecer.

Por esos años, decía, conocí yo estas montañas y estos pueblos y estas gentes. El turismo apenas existía; más bien había viajeros, a título individual. Por ejemplo, uno persisten-te era un artista, presidente de una entusiasta «Asociación de Pintores Domingue-ros» en la capital regional, que acudía a este lugar irregular-men-te por tempora-das con el objeto exclusivo de plasmar al óleo el crepúsculo en las montañas; se comentaba que tenía una tarjeta de visita con los siguientes títulos: «Fulano de Tal. Cazador de ocasos». Aunque era hombre de bastante corta estatura, sólo estimaba los paisajes de gran formato, por lo que todos los atardeceres posibles se le veía salir velozmente del pueblo cargado con un caballete y un lienzo desproporcionados para su talla, jadeando y tropezan-do camino arriba hacia su punto de vista preferido. Allí se apostaba entre dos luces con la paleta y los pinceles preparados, en gran tensión, a la espera del instantáneo efecto pictórico genial, tiritando en invierno o bajo la fresca brisa del verano. Suprimidas las tardes con niebla, nieve o lluvia, en los ocasos despejados sólo no eran recomen-dables los tiempos ventosos por el incontrolable tamaño del aparejo desplegado. Pero, como todos sabemos, los crepúsculos son fugaces en su manifesta-ción, inconstantes en su aparición y variables en sus luces y sombras, por lo que el maestro sólo atinaba a dar una o dos pinceladas -o ninguna- cada atardecer; bajaba luego entre tinieblas con su obra, que nunca llegó a concluir, murmurando palabras ininteligi-bles cuando su voluminosa impedimenta chocaba con las ramas de los árboles: entonces se veía desde el pueblo que se encendía la luz de una cerilla en el monte con la cual el artista examinaba posibles desperfectos en su lentísimo cuadro y la gente hacía comentarios más o menos sarcásticos sobre el extraño asunto del arte.

Al levantar los ojos del libro, los derribos me dejan ver, en la lejanía, el cartel de propagan-da de una empresa de «turismo deportivo» y «aventura» que alquila esquís en invierno y motos todo-terreno en verano. Compartirán conmigo nuestra satisfacción por la prosperidad de este lugar, pero también comprende-rán ustedes mi resistencia a su insufrible vaciamien-to. Si supiera a quién ir, incluso solicitaría perdón para un pequeño valle ya sin más valor que la belleza de un pequeño lago solitario en el que se refleja la nieve: me dicen que gentes con iniciativas, irritadas por su recalcitrante inutilidad, tras diversos intentos frustrados de volverlo provechoso, lo han entregado finalmente al tratamiento corrector de una poderosa financiera para ver si ella, con sus métodos conocidos, puede convertirlo de una vez por todas en rentable.

Tal vez sea sólo una impresión personal, pero siento como si las mismas altas montañas, que siguen pareciendo remotas e imperturbables, hubieran también mudado de sustan-cia. En aquellos años era éste un país en el que aún quedaban territorios con «fieras», es decir con lobos y osos, particularmente en las montañas, entre otros animales salvajes menos competitivos o potencialmente temibles, pero casi todos sólo clasificados entonces como caza o como alimañas.

Se ha ganado en estima a la montaña y a sus huéspedes naturales, pero se ha disipado ese estado salvaje normal de sus paisajes. Ir entonces a la montaña alta o lejana era entrar en ese espacio. Era ir, contra corriente normalmente, de modo personal o bastante minoritario, a un mundo apartado y diferente, de referencias escasas, de dominio de lo silvestre o de lo
desabrigado: retirado, exigente para llegar a él, atracti-vo, emocionante y bello, pero nada manso. Tengo la impresión que en numerosas ocasiones hoy se ha convertido en acudir, dentro de una corriente social, a espacios acotados de un modo u otro -estaciones turísticas, campos alambrados, espacios de ocio, espacios protegidos, territorios de agencias, ofertas deportivas, itinerarios prefijados de guías-. Espacios, pues, modificados en sus fondos o en sus formas o todo lo más controlados o incluso conservados para que pervivan sus elementos y regulados para que las invasiones turísticas no los descalabren totalmente, como si aún fueran salvajes, pero sin serlo ya. A veces ir hoy a la montaña, a estas montañas, viene a ser como como hacer un simulacro de lo que fué; como ir de maniobras. No, no es esencialmente lo mismo, incluso aunque deportivamente pudiera ser igual o hasta más difícil. Hay un cambio irreversible de sustancia.

ASALTOS DE LOS SUEÑOS
Tenía entre las manos una vieja edición de los Cuentos de Hesse. Me quedé dormido en el sillón cuando se apagaron los chillones parloteos sin sustancia de los adolescentes urbanos que prolongaban aburridos su jornada bajo un farol en la calle hasta las heladas horas, las quietas horas de la medianoche, quietas realmente sólo dos pasos más allá entre las sombras espesas de las montañas.

El pequeño valle del lago ya había sido violentado por las máquinas amarillas de la Gran Contrata. Muchos hombres de uniformes anaranjados extendían con rapidez el cemento por el trazado imparable de una nueva carretera, montaña arriba, por los prados antes cubiertos de nieve o salpicados de gencianas. Las bases para el gran aparcamiento y el solar para el hipermercado habían levantado extensamente la hierba y una mancha terrosa con zanjas en las roderas de los tractores sustituía a la suave ladera baja del valle. El exceso de piedras envueltas en barro se había lanzado en masa al cauce del torrente y ahora un arroyo con los brillos grasientos de los aceites de las máquinas divagaba o se empantanaba con aspecto putrefacto entre las tripas abiertas de la montaña.

Decían que la Gran Contrata dominaba ya toda la cordillera y había trazado planos secretos hasta su último rincón, su más apartado nevero, su cumbre más elevada. Dinamita, grúas, taladradoras, excavadoras, tuneladoras, cementadoras, millones de toneladas de hormigón, legiones de pizarristas, fabricantes de marcos de ventanas, de chimeneas, de alicatados, de farolas, de bordes de aceras, de inodoros, de cables, de artículos de moda, de cremas para la cara, de gotas para los ojos, repartidores de pizza y de ensaladas seleccionados por su velocidad, megáfonos de alta potencia para el sonido ambiental, capaces de vencer las adversas condiciones del persistente silencio, viveristas de plantas exóticas, cazadores de marmotas de puntería competitiva, taladores especializados en hayas y muchos más habían sido contratados por sectores y turnos por la Empresa Global para la esperada Reconversión Mayor que estaba al llegar. Se había bendecido la oficina del Jefe Local por los más magníficos dignatarios, el mismo Alto Comisario había asegurado en persona y en el lugar que todo el asfaltado, el cementado, el hormigonado, el supermercado, lo urbanizado y lo suburbanizado se haría sin daño al Medio Ambiente y se habían abierto sucursales bancarias que regalaban menajes de cocina a las primeras clientelas tras un riguroso estudio de Impacto de sus palaciegas construcciones. El Presidente de la Gran Contrata había escrito como colofón una sencilla Oda al Progreso de la Cordillera Pirenaica y su oficicna la había distribuido por toda la prensa regional, que la había publicado junto a las oportunas alabanzas literarias de los escritores más renombrados así como de las asociaciones culturales y deportivas con mayor arraigo regional, subvencionadas por la Organización Adjunta de Propaganda.

La ciudad tenía prevista una continuidad de diez kilómetros de longitud, superando la del modelo obsoleto de Andorra, extendiéndose entre la frontera recién urbanizada y el antiguo núcleo rural, ahora barrio pintoresco periurbano situado en la confluencia de los ríos que dieron nombre a la comarca, y hasta se ha pronosticado su nombre conjunto como “Nueva Pyrene”. Nueva Pyrene, uniendo los núcleos-barrio de Vico Frontera-Espelunciecha, Vico Formigal y Vico Sallent, podrá albergar incluso algunos centenares de miles de habitantes cuando lo permita la suavización de las temperaturas que eran propias de estas cotas en el pasado y que entran, de cara a la programación futura, en la previsión científica de los informes emitidos por los meteorólogos suizos desplazados ex profeso hasta la cabecera del valle y cuyas instalaciones metálicas de garitas y observatorios son particularmente visibles pues ocultan las antiguas vistas del destacado pico del Midi.

“La persistencia del Parque Nacional Francés –dicen los prospectos de la Gran Contrata- proporcina de modo inmediato a la ciudad un complemento de esparcimiento natural que incrementa el valor urbano del sector meridional de la cadena montañosa. Esta construcción será altamente ecológica pues su energía se dotará no sólo con nuevos embalses que recrecerán los antiguos y que multiplicarán sus deliciosos paisajes lacustres, sino que contará con la implantación de quince mil aerogeneradores del modelo gigante dispuestos en la arista fronteriza y cuya preciosa silueta complementará las de las torres de la ciudad y ocultará las fealdades propias de las mostruosas rocas extentidas de Estremera a Mala Cara.”

Las dotaciones urbanas serán completas, añaden: hospitales, capillas, mezquitas, sinagogas, templos budistas, sedes de partidos, cibercafés, áreas de botellón, parques artificiales de estilos florísticos diversos (rusos, saharianos, representantes de las diversas regiones al estilo del Pueblo Español (patrocinadas por instituciones federales), con maquetas de montaña, temáticos, con fieras sueltas, etc.). Periódico propio, por supuesto, filial de la Empresa de la Gran Contrata, con sede en la Plaza de la Promoción Urbanística, más zona peatonal de museos etnológicos del pasado perdido de la comarca con salas de conferencias y de cursos estivales sobre el mañana soñado, amén de estudios para artistas becados, residencias para excursionistas leales y escuelas, institutos y campus para una Universidad. Los habitantes se espera que sean preferentemente cibernautas industriales (80 % de la población activa) y serán elegidos entre los innumerables solicitantes por tasas económicas variables en función de la fuerte elevación prevista del coste del precio del suelo. Parece ser que se están siguiendo las instrucciones de un sabio austriaco llamado Handke, que ya experimentó estos futuribles en la Sierra de Gredos con menos éxito de público que de crítica y cuya tesis de casi 600 páginas conocen sólo algunos expertos especializados en pérdidas de la imagen.

Un perro enloquecido está ladrando a la luna bajo mi ventana. Me despierto con gran sobresalto y agitación. Para serenarme reabro el libro e Hesse y prosigo su lectura donde la dejé. Ah, el cuento que leía se titula “La
ciudad”: esto explica algo la transposición al sueño. El relato, publicado en 1910, arranca cuando el ingeniero al frente de sus máquinas y hombres
exclamó: -“¡Esto marcha!” y la pradera solitaria se estremeció, los animales se retiraron, las carreteras cruzaron lo que estaba despoblado, se construyeron un palacio de gobierno y un banco y surgió una nueva ciudad con su modisto de París, sus rufianes, su liga antialcohólica, sus ambulancias y su cervecería. Andando el tiempo entró en ella la decadencia, empezó a ser un superviviente de otros tiempos con sus tejidos en progresiva descomposición, mientras los sentidos de la historia iban por diferentes derroteros… y desde las montañas penetró de nuevo el bosque entre sus edificios desmoronados: la arboleda fue “cubriendo lentamente todo el país: los restos de antiguas calles, los palacios, templos, museos; y el zorro y la marta, el lobo y el oso” poblaron de nuevo la región. Y entonces, en el “maravilloso progreso renovador de la tierra”, desde la rama de un pino joven un pájaro carpintero gritó jubiloso a su vez: -“¡Esto marcha!”

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